Los curiosos trabajos de aquellos que llegaron a ser escritores.

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Vivir de un oficio nunca es fácil, y menos si eres escritor. En la actualidad, muchos autores consideran que sus dificultades económicas son consecuencia directa de la piratería, pero la verdad radica en que nunca ha existido el momento en el cual un escritor ha vivido de manera holgada. Muchos han sido los que han tenido que pasar por diferentes empleos hasta poder vivir de la escritura, algunos de ellos nunca lo lograron. Desde pescadores ilegales hasta modelos de desnudo, permitieron a los autores sobrevivir mientras escribían sus obras.

George Orwell tenía el sueño de ser escritor, pero la necesidad apremiaba. Aún con la idea de ser escritor algún día, a los diecinueve años Orwell entró a formar parte de la policía británica de Birmania, entonces colonia del Imperio. Tampoco podía hacer mucho, pues hasta entonces había vivido de becas y se volvieron imposibles de conseguir para George. En 1928, decidió abandonar el cuerpo y regresa a Europa, donde vive en la indigencia y escribe alguna obra sobre sus experiencias como policía en un régimen imperialista. Logró un trabajo de asistente en una librería, pero tuvo que regresar a casa enfermo y sin blanca.

Cuando regresa a casa, consigue un trabajo de profesor particular y ayuda en una escuela. Toma contacto con ideas socialistas y decide acudir a las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil Española, afiliándose a la CNT. Después pasa a ser propagandista de la Segunda Guerra Mundial, escribiendo a disgusto artículos para hacer publicidad de los aliados en Oriente, pero con un sueldo que le permitía vivir. Acabó muriendo tras años de hospital en hospital, por una tuberculosis adquirida durante su etapa de indigente.

En el caso de J.D. Salinger, fue el negocio familiar lo que le mantuvo a flote. Tras fracasar en sus estudios de la Universidad de Nueva York, donde estudiaba Arte, fue enviado al negocio familiar de embutidos que la familia tenía en Centroeuropa. Pasó un año aprendiendo idiomas, culturas y experiencias en Polonia y Austria, donde se encariñó con una familia judía que no sobrevivió al Holocausto y a la que dedicó una importante obra.

Cuando regresó a EEUU apenas un año después, se inició en varios cursos en diferentes universidades enfocados a la creación literaria. En ellos tuvo la oportunidad de conocer a numerosos escritores que influyeron en su obra, como Truman Capote. Vivió una etapa en la que pudo subsistir con los ingresos de vender relatos a las revistas, pero en 1942 se vio forzado a entrar en el ejército, tras haberse graduado en una academia militar seis años antes. La experiencia inicial no le agradó, pues fue enviado a diferentes lugares por su conocimiento en idiomas, hasta que Contraespionaje le contrató. Participó en el Desembarco de Normandía y en la Reconquista de París al mando de una unidad, conoció a Hemingway e inició una buena relación con él. Después de la guerra, decidió mantener su trabajo y se transladó a Viena para buscar a la familia judía con la que había convivido años atrás, pero descubrió que todos habían muerto, incluida la hija de la familia con la que mantenía un romance. Poco después regresó a Estados Unidos tras haber amasado algo de dinero y fue entonces cuando logró iniciar su carrera literaria.

La vida de todos los escritores famosos no estuvo enfocada directamente a la escritura. Muchos buscaban trabajo hasta que la literatura les diera para vivir, pero otros buscaban la literatura como algo secundario para complementar su trabajo, como el caso de Saint-Exupéry.

El escritor fue un estudiante mediocre que logró acabar sus estudios de manera muy justa y demostró poco interés por el mundo hasta que, en 1921, durante el cumplimiento del servicio militar, se hizo piloto y los aviones se convirtieron en el centro de toda su vida. En 1926 logró trabajar como piloto comercial, y siempre reconoció que los aviones eran su pasión y que la literatura era tan solo algo complementario. Murió a los mandos de un avión, en una misión de reconocimiento cerca de Marsella, como le hubiera gustado.

T.S. Eliot consideraba sus trabajos en diferentes bancos como mucho más interesantes que su carrera literaria, pero durante toda su vida no tomó la decisión de abandonar una de las dos.

Alguien que huyó de la literatura por otro trabajo fue Tolstói. El escritor, falto de motivación y ganas para continuar su carrera literaria, decidió abandonarla y comprarse una casa en un pueblo lejano de Rusia, donde se convirtió en el zapatero local. Quizás su saturación literaria fue un motivo de peso, pero la verdadera razón estaba en que ideológicamente quiso abandonar la vida aristocrática y volver a ser humilde. Su mujer quiso impedirlo, pero lo que logró es que su marido tomara la decisión de fugarse.

Más extravagantes fueron los trabajos de Jack London o de Lawrence de Arabia, que se dedicaron a profesiones algo peculiares para poder subsistir mientras escribían. London trabajó de pescador ilegal, cazador de ballenas o buscador de oro para amasarse algo de dinero de origen poco lícito mientras se dedicaba a escribir. En el caso de Lawrence, tuvo que subsistir con actividades tan particulares como agitador en manifestaciones o espía a sueldo.

Kafka, por su parte, elaboró un curioso plan en el que estudió cada profesión a la que podía acceder, asegurándose de que le permitiera la suficiente seguridad económica y el tiempo que consideraba adecuado para escribir diariamente. Tras mucho estudiarlo, entró en una compañía de seguros donde descubrió, entre otras muchas cosas, que los planes no eran lo suyo. Asfixiado por el trabajo, con más de sesenta horas semanales y sin el sueldo que esperaba, tuvo que resignarse a vivir muy justo colaborando con su padre en diferentes negocios.

La vida de Rowling antes de ser escritora no le resultó fácil. Tras muchos, pero muchos intentos para lograr obtener un título en la universidad, se resignó y se convirtió en profesora de academia, enseñando inglés en Oporto, donde había decidido mudarse. Allí se casó con Jorge Arantes, con quien tuvo una hija e inició la odisea de su vida. Víctima de malos tratos y de una economía muy justa, Rowling tuvo que huir con su hija a casa de su hermana en Escocia para esconderse de su marido. Atemorizada y acechada por este, entró en una fuerte depresión la cual la llevó al borde del suicidio, comenzó a escribir Harry Potter. Una vez logró una orden de alejamiento permanente contra su marido y subsistiendo con ayudas sociales, escribió por fin Harry Potter redactándolo en diferentes cafeterías de la ciudad. Al duodécimo intento, Rowling logró publicar su obra.

Difícil lo encontró Raymond Chandler, que tuvo que pasar hasta por treinta y seis empleos diferentes hasta que por fin dio con uno que le permitiera escribir en paz. Aunque cuando lo logró, resultó ser tan buen economista que, aparte de colocarse como uno de los mejores de la historia, ahorró dinero suficiente para jubilarse a los cuarenta y cuatro años, pasando su vida escribiendo y viviendo muy alejado de lo humilde.

Nabokov fue una personalidad muy importante en su otra pasión, la entomología, aunque no fue reconocido hasta después de fallecer. Stephen King tuvo que dedicarse a ser conserje en un colegio hasta que publicó una novela.

Margaret Atwood trabajó en una cafetería en Toronto, un trabajo que consideraba horrible y que la frustró durante el tiempo que pasó realizándolo. No fue del todo en balde, pues utilizó su experiencia para añadirla a sus novelas. No debía quejarse: Douglas Adams, por ejemplo, tuvo que dedicarse a limpiar corrales para ganar algo de dinero, un empleo que seguro que le hubiera cambiado por el de cajera. Poca suerte con los trabajos también tuvo Tom McCarthy, que tuvo que ser modelo de desnudos en una escuela de Praga.

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