¿Crónica de una estafa anunciada? Las dudas sobre el Planeta

«El Planeta: una farsa que se sigue creyendo«. Así titula el periódico «El Confidencial» su artículo sobre el Premio Planeta. Muy acertado, desde luego. Porque el Premio Planeta ha sido víctima de su peor enemigo en numerosas ocasiones: la verdad.

El Planeta refleja a la perfección el mundo donde se mueve. Pocos siguen creyendo, pero no impide que continúe el negocio de los editores y sus afines con el Premio. La sombra de la duda se cierne cada edición sobre el certamen mejor dotado de las letras españolas, ante las claras sospechas de que muchos ganadores no deberían estar ahi.

El Premio Planeta es un galardón instaurado por José Manuel Lara en 1952. Lo que no se sabe es si en la actualidad el Premio está corrupto, es un timo o, probablemente, ambas cosas. El Premio Planeta y sus derivados (como el Premio Lara de Novela, o el Premio Nadal) siempre han estado marcados por la polémica. ¿Coincidencia? Ni de lejos: obtienen lo que buscan.

Dotado con nada más y nada menos que con 600.000€ al ganador y 125.000€ al finalista es, por detrás del Nobel, el galardón con mayor dotación económica. Curiosa cuantía teniendo en cuanta las frecuentes quejas de los editores sobre el mercado español y su rentabilidad.

Nadie entregaría ese dinero a fondo perdido. Salvo, por supuesto, que tenga la total garantía de que se le va a devolver con muchos intereses. ¿Como hacerlo?: Muy sencillo. Dándolo a amigos y a novelas comerciales, asegurando que los medios de comunicación propiedad del grupo editorial anuncien que el galardonado sea alguien conocido y polémico (como Sinde, como sucedió en la pasada edición de 2013) para asegurarse las ventas masivas, movidas ya sea por la falsa imagen de calidad o por la simple curiosidad.

Son muchos los que han denunciado las tretas del Premio Planeta, tanto desde participantes, como desde el propio jurado. Desafortunadamente, «la farsa se sigue creyendo«, como apunta «El Confidencial«.

Sin ir demasiado lejos, en 1994, los reputados escritores Miguel Delibes y Ernesto Sábato hicieron público, ambos de forma casi simultánea, que la Editorial Planeta les habría ofrecido ganar el Premio, sin más, oferta que declinaron para después hacer público lo sucedido. Ese mismo año, el Premio no llegó extento de polémica (como siempre), pues la obra ganadora resultó ser un mediocre escrito, firmado por Camilo José Cela, que había sido denunciado por una participante del certamen, Carmen Formoso, al ser un plagio de la obra que ella había enviado. Finalmente, resultó ser un asunto espinoso para todos: Camilo José Cela quedó marcado por la polémica los últimos años de su vida y Lara tuvo que declarar en el juzgado al ser aceptada la querella interpuesta por la autora. Finalmente, la obra de Carmen fue publicada en la editorial de su hijo.

Otro conflicto al que tuvieron que hacer frente fue a la traición sorpresa, durante la gala de entrega, de Juan Marsé, parte del jurado de la edición de 2005. Este, dominado por una extraña furia y no por honradez (seguro que sabía en qué asuntos se metía al aceptar ser jurado), manifestó que habían pedido al jurado que analizara las obras únicamente por criterios comerciales y, las que fueron seleccionadas, las calificó como de «una calidad subterránea» y que como el Premio no podía ser declarado desierto, se había limitado a «votar la menos mala», que resultó ser una obra de María de la Pau Janer. Ambos autores tuvieron que asistir, cabizbajos, a la crítica de su obra que estaba haciendo en público, delante de cientos de periodistas y críticos.

Pau Janer parecía más alterada que el finalista, Jaime Bayly, que aguantaba impasible la crítica. Algunos periodistas la escucharon murmurar, enfadada, cosas como «¿No fueron vuestras novelas en su momento también malas, y hasta horribles y calamitosas?«. La autora tenía razón. El autor que criticaba con tanta dureza la ínfima calidad de los escritores del Premio Planeta debía de aplicarse el cuento: él mismo lo había ganado en 1978 con su obra «La muchacha de las bragas de oro«. Finalmente sentenció, de manera audible para todos «Que decidan los lectores…»

La autora probablemente hubiera callado y continuado con la función, aceptada de manera voluntaria, si hubiera sabido de antemano (Como curiosamente se conocen a los ganadores del Premio días antes de abrir la plica del ganador y dar el galardón ¡y eso que se presentan con seudónimo!) que así lo iban a hacer.

La novela fue analizada por en una de las columnas de crítica literara más mordaces del momento, donde el ya fallecido Manuel García Viñó, que escribía para La Razón (hasta que sus críticas a la Editorial Planeta, propietaria del periódico, le dejaron fuera)  llevaba La Fiera Literaria y encargó a uno de sus colaboradores, Clandestino Menéndez, la crítica de la obra que aún se puede leer  en la web de La Fiera Literaria.

En esa, con mucho sarcasmo e ironía define el principio como «de esos que te dejan pegado al asiento«, únicamente describiendo durante trece páginas al protagonista en un aeropuerto. Critica capítulos enteros diciendo que la autora «puso el ordenador en piloto automático y se fue a hacer unos recados«, sus descripciones «fraguándose como el cemento, de puro espesa» y los términos que se inventa, como las «palabras opacas» o «el modo transilvano de escribir de esta planetógrada«.

La verdad es que descripciones como «Tiene los cabellos del color de las castañas asadas a fuego lento, para que nos quemen en la boca» denota un exceso de fantuosidad propio del novato, no del Premio Planeta y otras que «hacen mucho daño con el estómago vacío«, asegura Menéndez.

El crítico, tras largas páginas destripando errores gravísimos de la novela, concluye:

Ahora comprendo a Juan Marsé, lo estragado que debía de estar el hombre y el dolor de cabeza que debía de tener para, pese al disimulo que le imponía su condición de jurado planetusco, saltar denunciando tamaño rollo, tan grande plasta y tal subterraneidad.

Tan solo dos años después, de nuevo se vieron traicionados por otra personalidad consciente del método de trabajo del Premio Planeta. Luis María Anson, miembro de la RAE, escribe un artículo en El Mundo, en su edición impresa titulado «La gran farsa del Premio Planeta» . No era la primera vez que hacía algo así, pues en el año 2007 ya había publicado otro artículo criticando al Premio Lara de Novela por los mismos hechos.

Luis María Anson, sin embargo, aunque reconoce que el Premio es una auténtica farsa, lo defiende asegurando que aún así logra un beneficio para la literatura española en general. Al fin al cabo, concluye con una frase que resulta ser un secreto a gritos:

En lo tocante a premios, Planeta no constituye ninguna excepción.

Estos escándalos, entre muchos otros, nunca han sido capaces de acabar con el fenómeno de marketing y de publicidad gratuita en el que se convierte lo que es, en teoría, un premio literario. Afortunadamente, son cada vez menos los escritores que mandan algo al Planeta (la cifra, que se acercaba al millar, ahora es de alrededor de quinientos) y de lectores que compran los libros premiados.

Lamentablemente, todo, aunque sea negativo les favorece. Esta misma entrada es una manera de publicitar de manera gratuita a Planeta, que continuará durante muchos años contratando a famosos con aspiraciones de novelistas, a ser posible periodistas y pequeños escritores que pregonan la honradez y el trabajo, pero que no tienen reparo alguno en aceptar un premio falseado, estafando a quinientos verdaderos escritores o intentos de ello que envían sus obras de buena fe a competir legalmente al Premio. Algunos de ellos, como Muñoz Molina, no tuvieron ni tan siquiera el cuidado de ocultar ante la prensa que había escrito el libro porque la habían prometido el Premio y adelantado parte de la cuantía económica correspondiente al ganador.

El intento sincero de crear un Premio que ayude a la maltrecha, casi muerta, cultura española merece mucho más que un respeto; convertirlo en un espectáculo teatral para sacar tajada, estafando en cierto modo, bastante menos. Especialmente cuando el paripé de Premios, de cenas, de publicidad e incluso de retransmisiones televisivas es absolutamente prescindible.

Respecto a los ganadores de un Premio carente de credibilidad poco se puede decir. Desde su primera entrega en 1952, han desfilado una gran cantidad de ellos, algunos reputados, como Ana María Matute o Vázquez Montalbán, en épocas tempranas del certamen cuando es posible que la corrupción no le hubiera enfermado aún. Pronto, llegan los polémicos, como Sanchéz Dragó o Lucía Etxebarria, muchos de los cuales han protagonizado auténticos espectáculos, como los frecuentes plagios de Etxebarria, los comentarios de Sanchéz Dragó sobre «los españoles son el pueblo más sucio de la Tierra, y los emigrantes aún peor» y sus libros acerca de violar jóvenes en Tokio.

Otros muchos, una cantidad llamativa, ganaron el Premio con su primera novela, algo no realmente complicado, sino sencillamente imposible. El oficio de escritor se aprende escribiendo, por ello no se puede ser escritor con lo primero que se ha escrito. Así lo demuestra que muchos de ellos solo posean publicada la obra que ganó el premio o que hayan pasado a segunda división, lo que demuestra la baja calidad de escritores y obras y levanta más sospechas hacia el Premio. ¿Cómo es posible que una persona que ha ganado uno de los premios literarios internacionales más importantes, nunca jamás haya vuelto a vender un solo libro?

En conclusión solo se puede decir que el Premio Planeta podría ser de verdad un certamen cuando vuelva a sus principios y deje la función y sus trucos para el circo, convirtiéndose en un refugio de cultura y no en el escaparate del señor Lara. Entonces, quizás la cultura española pueda resurgir y dejar de ser cierto esa cita de Valle-Inclán, tan usada por La Fiera Literaria: «España es una deformación grotesca de la civilización europea»

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