Los instrumentos que crearon las grandes obras de la literatura.

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Aunque en la actualidad el debate se centra en qué formato debe presentarse la obra, también debe considerarse los instrumentos que dieron luz a estas obras, con un debate muy similar entre aquellos que defienden una forma más tradicional, la escritura a mano (igual que los que defienden el libro en papel) y los que se inclinan por usar nuevos inventos, la máquina de escribir y el ordenador (más recientemente).

La batalla no tiene un ganador claro. Tanto en un lado como en el otro hay grandes artistas y grandes obras escritas con un instrumento u otro. Toca ahora conocerlas.

El primero de la lista es el escritor de origen ruso Vladimir Nabokov, que escribió novelas como la universalmente conocida “Lolita”; además de ser un gran estudioso de las mariposas y un genio del ajedrez. Todas sus obras (que además estaban escritas en inglés y no en la lengua nativa del autor) eran planificadas cuidadosamente con un Eberhard Faber Blackwing 602, un lápiz muy apreciado en la época entre la gente de letras. Su bajo precio, unos cincuenta centavos por unidad, una calidad irrefutable y una mina especialmente blanda llevó a que fuera empleado también por otros personajes reconocidos como John Steinbeck o el productor Quincy Jones. Cuando su producción cesó en 1998, muchos solicitaron formalmente a la empresa que se recuperara. Aunque para firmar ejemplares, Nabokov eligió una Montblanc Meisterstück 149, con la que aparece en numerosas fotografías.

Desde 2010, es posible adquirir la réplica de los lápices fabricada por otra empresa, aunque cada lápiz vale más de tres veces el precio del original.

 

En el caso de Neil Gaiman tenemos que volver a hablar de un instrumento manual. En este caso de la pluma estilográfica, instrumento que el autor no ha empleado siempre, cuyo uso tiene su origen en un esfuerzo para ambientar mejor una novela.

Concretamente, en la segunda novela del autor (Stardust, escrita en 1994 y publicada en 1999), Gaiman trató de escribirla como si lo hiciera en la década de los años veinte. Para ello compró un cuaderno y una pluma Waterman, algo que no hacía desde que tenía trece años. Fue entonces cuando se volvió un fanático de la escritura pausada y reflexiva de la pluma frente al teclado.

TWSBI Diamond 540

En la actualidad, posee una colección de más de sesenta plumas; empleando al menos dos diferentes en la escritura de cada novela. Cada una tiene asimismo asignada una pluma con la que dedica los ejemplares. Cada día emplea una tinta de un color diferente para obtener una perspectiva de la productividad de este y hacerse una idea de lo que ha escrito. En su colección se encuentran desde una Pilot Custom 823 color ámbar o una TWSBI Diamond 540.

Otro gran coleccionista de plumas era C.S. Lewis cuya colección completa se conserva en su museo, aunque su predilecta era una Montblanc 149. También la Montblanc era la elegida por Camilo José Cela a pesar de su exorbitado precio para la época (y la actualidad), aunque quizás un Premio Nobel merezca el honor de usarla sin más. También S.M. Don Juan Carlos I de Borbón posee una colección de Montblanc. Una de estas piezas, una Montblanc de edición limitada Pedro el Cruel de 1997, fue usada por él mismo y por el presidente Mariano Rajoy para firmar su abdicación. Más extraño era el ex-presidente francés François Mitterrand, que lleva siempre encima varias Waterman Le Man 100.

En la imagen se distingue claramente una pluma tan singular como la Montblanc Pedro I “El Cruel”

Simone de Beauvoir no comparte género literario con Neil Gaiman, pero sí instrumento de profesión. Tenía una colección de Sheaffer, fotografiándose con una Triumph, una Snorkel y una Esterbrook. Las Esterbrook eran también las favoritas de Ernest Hemingway gracias a sus plumines intercambiables, aunque también se conocen varias Montegrappa de su propiedad y una Parker 51, aunque empezó escribiendo solo con lápices. No era extraño, puesto que las Esterbrook eran muy populares en los años cincuenta.

Simone de Beauvoir con una Esterbrook

Siguiendo con las Sheaffer, fueron el instrumento para escribir todos los poemas de Sylvia Plath; de hecho, menciona su especial “relación” con su Sheaffer en uno de sus poemas. Otro del club era Walt Disney, que aparece en numerosas fotos con diferentes Sheaffer que coleccionaba, encontradas cuando, tras su fallecimiento, se realizó un inventario de su despacho. La más usada (y su favorita) era una Sheaffer Balance. Michael Moorcock por su parte fue un cliente habitual de Sheaffer hasta 2005, cuando comenzó a usar Waterman, ya que su plumín fino le facilitaba escribir mejor en los Moleskine, cuadernos donde escribe todas sus obras.

 Mark Twain, por su parte, diseñaba sus propios cuadernos según lo que necesitara, normalmente con tapas en cuero y marcadores para encontrar la siguiente página en blanco. El instrumento para rellenarlos fue una Conklin Crescent Filler, una de las primeras plumas estilográficas, que eligió porque no podía rodar y caerse de la mesa. Al final, su reumatismo le impidió escribir con la mano derecha y, aunque lo intentó con la izquierda, acabó dictando sus últimas historias para que otro las escribiera.

La Conklin Crescent Filler era una pluma de forma muy singular. Queda claro por qué no rueda de la mesa. Ya no se fabrica.

En este caso no hablamos de escritores, sino de una pluma en concreto, la Parker 51, lanzada en 1941 con un diseño absolutamente futurista (Llamada 51 aunque se lanzó en 1941 para indicar que estaba adelantada a su tiempo). Un éxito rotundo de ventas y que convirtió a la pluma en objeto de culto, fue la elegida por autores como Jack Kerouac o Philip Roth. Era absolutamente futurista, fabricada en policarbonato (algo muy extraño en la época), con un plumín singular totalmente de oro y tinta de secado ultrarrápido. Muchos que no podían permitírsela robaban el capuchón con el singular agarrador en punta de flecha de Parker para simular que llevaban una. Los Príncipes de Gales usan como objeto protocolario una de ellas, aunque probablemente su usuario más especial no sea ni Kerouac ni Roth ni los Príncipes, sino el General MacArthur, quien firmó la rendición de Japón con su Parker 51 en 1945. En el caso de Jack Kerouac, acabó cambiando su pluma por un simple Bic Cristal para firmar las dedicatorias.

Otra Parker 51 muy famosa es la de Antonie de Saint-Exúpery, siendo tanto el apego que la tenía que siempre la llevaba encima, hundiéndose en el mar con él en su último viaje a los mandos de una aeronave.

 

Parker 51

Por su parte, Arthur Conan Doyle escribió con su pluma predilecta, una Parker Duofold, muchas de sus obras de Sherlock Holmes. Fabricada desde 1921, tenía un cuerpo en ebonita naranja y negra, con plumín rígido y carga por pulsación; una pluma muy cara para la época. Y para la actualidad, ya que cuesta 330€.

Aunque no es un escritor en sí, Albert Einstein también tenía valiosos instrumentos de escritura. Tenía dos plumas, una Pelikan 100N y una Waterman Taper-cap, la usada para escribir la Teoría de la Relatividad, y que por ello se conserva en el Boerhaave Museum. Una pluma poco común, la Osmia Supra, era usada por el Nobel de Literatura Hermann Hesse, de procedencia tan alemana como el autor. También usaba una pluma alemana Anna Frank para escribir su diario, que se le cayó al fuego por accidente y a la que escribe una oda en su diario, lamentando su pérdida.

Pelikan 100N

John Steinbeck compartió la pasión con Nabokov de los lápices, adorando también el Blackwing, aunque también empleaba frecuentemente el Mongol 480, curiosamente del mismo fabricante. Al parecer, gastó sesenta lápices escribiendo Las uvas de la ira. El tercero del triunvirato de los lápices es Truman Capote, que aparte de escribir tumbado en el sofá, hacía la primera versión a lápiz para poder corregir y luego la pasaba a máquina usando papel amarillo, sujetando la máquina sobre sus rodillas… esta vez tumbado en la cama, con un ritmo de cien palabras por minuto. Otro aficionado a los lápices era Tolkien, aunque afectado de un severo reumatismo, tuvo que pasarse a la máquina de escribir. Su máquina favorita era una carísima Hammond Varitype de 1927, aunque en los últimos años de su vida renunció también a ella a cambio de modelos menos pesados y más fáciles de transportar. Primero escribía los capítulos a mano a bolígrafo, los cuales obtenía de su universidad, usando solo en algunas ocasiones un palillero con tinta negra.

Las Hammond eran aparatos sumamente complejos.

Más complicado era el método de Jane Austen, que escribía con una pluma de ave en unos cuadernos caseros. Asimismo fabricaba su propia tinta, cuya receta se conserva, y contiene desde sulfato de hierro con goma árabe hasta cerveza; y que tardaba más de quince días en fabricarse (y había que remover varias veces al día para que no se estropease). También fabricaba su tinta Charles Dickens, usando siempre tinta negra sobre papel azul hasta 1840 y, a partir de entonces, tinta azul. Aunque no era de muy buena calidad, ya que en muchos de sus escritos la tinta negra ha degradado y ahora es totalmente marrón. Con tinta verde, poco común, escribieron poetas como Pablo Neruda, Juan Rulfo u Octavio Paz. Otros poetas sin embargo, como E.E. Cummings, preferían la máqina de escribir, como su Smith-Corona Tippler, mismo modelo que la del escritor T.S. Elliot.

Cormac McCarthy ya estaba ligeramente mejor equipado y en 1962, se compró una Olivetti Lettera 32 que usó para escribir doce obras, un total de más de cinco millones de palabras. Finalmente, la subastó y obtuvo con ella 250.000 dólares. Nunca una Olivetti Lettera 32 valió tanto. Finalmente, un amigo le acabó comprando otra máquina igual… por once dólares. Tambíen era usuario de la Lettera 32 el guionista Francis Ford Coppola, de El Padrino.

Por su parte, Agatha Christie prefería una Remington Home Portable número 2. Frank Kafka utilizó una pesada Oliver 5 para escribir La Metamorfosis, y de una Imperial Model T la letra de las canciones de John Lennon, mientras que las de Bob Dylan lo hacían de una Olympia SG1 como la de Bukowski. José Saramago se compró una sofisticada Hermes 2000 en Suiza, con tabulador automático y regulador de tecleo y Orson Wells una Underwood Portable. Para Gabriel García Márquez, la máquina de escribir a elegir era la Olympia

Woody Alen continúa con su máquina de los años cincuenta, una Olympia Portable SM-3, donde continúa escribiendo todo lo que hace, mientras que Bukowski llegó a tener tres máquinas diferentes, aunque la más usada fue una Royal HH

Olivetti Lettera 32

Un poco más rudimentario era el método de J.K. Rowling, que escribió Harry Potter con un cuaderno rayado cualquiera y con un bolígrafo. Poco elegante, pero efectivo. Los más modernos usan directamente ordenador como Christopher Paolini que, aunque hace anotaciones a mano con pluma, no puede separarse del ordenador ni para la primera versión.

Planificación de Harry Potter, escrito a mano por J.K. Rowling


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