Los hábitos más excéntricos de reconocidos autores.

en

Bien conocido (y frecuente) es por este blog el escritor estadounidense Truman Capote, autor de obras como “Desayuno con diamantes” o “A sangre fría“. 

Durante una entrevista en la década de los cincuenta, aseguró que, contrariamente a la imagen que se tenía del escritor serio y profesional, él era un escritor completamente horizontal. ¿A qué se refería?

Pues a que era incapaz de ponerse a pensar historias si no estaba tumbado en el sofá o en su cama, con un cigarro en la mano y una taza de café en la otra. Y eso si era por la mañana. Luego, ya por la tarde, cambiaba el café por una taza de té de menta, después el jerez y por último el martini. Después de eso no menciona nada más, aunque parece improbable que continuara consciente.

Aparte de eso, era un escritor tradicional que decidió no usar la máquina de escribir para la mayoría de escritos. Cuando lo hizo, todas las primeras versiones las hizo a lápiz, para corregirlas también así y por último, mecanografiarlas enteras. No se debía a una cuestión de comodidad; sino de superstición.

Aunque no pasará a la historia por ser demasiado conocido, el cuentista estadounidense John Cheever, hizo unas declaraciones un poco divertidas en 1978, cuatro años antes de su fallecimiento.

En palabras textuales, el escritor comentó “Publicar la colección de cuentos definitiva a los sesenta y muchos significa para mí, como un escritor americano, una ocasión digna y tradicional, que no queda eclipsada de ninguna manera por el hecho de que alguna de las mejores historias contadas en esta colección fueran escritas sobre mi ropa interior

Puede que en algunas ocasiones la falta de material para hacer una actividad agudice el ingenio, ¡pero no tanto John! ¿Era el hombre de la papelería para ti algún tipo de enemigo?

Algunos escritores aseguran que es posible escribir de forma no lineal, es decir, escribir cada capítulo, cada personaje, cada escena; como un elemento separado y luego juntarlo obteniendo algo parecido a cualquier otra novela. Es por ejemplo lo que hizo Stephenie Meyer con Crepúsculo… pero quizás fuera Nabokov el que lo llevara al límite.


Vladamir Nabokov, autor de obras como Lolita, nunca escribrió una novela como se espera que un autor como él lo haga. Durante toda su vida, se dedicó a escribir “cartas“, pequeñas escenas en un papel según se le ocurrían o le apetecía escribir. De esa forma, cuando los combinaba, acababa por formar una novela de verdad. Salvo que eran necesarias muchas: la mayoría de las novelas las conseguía después de una combinación de más de 2.000 de sus cartas.

Pero no es el único con ese método. Edgar Allan Poe ya escribió alguna obra de forma similar; Jack Kerouac publicó una pegando uno tras otro páginas sueltas de sus artículos.

Otra manera de comprender el oficio es la de Isaac Asimov, un escritor demasiado entregado (quizás) a su trabajo. Escribía más de treinta y cinco páginas al día, sin pausa, lo que le podía llevar más de ocho horas. Tampoco tenía días festivos, ni vacaciones, ni ocasiones especiales. No tenía demasiado problema al corregirlas, ya que solo lo hacía una única vez al considerarlo una pérdida de tiempo.


Haruki Murakami tampoco se anda com bromas.Se levanta a las cuatro de la mañana para escribir seis horas sin interrupción. El resto de tiempo hace deporte (corre diez kilómetros diarios), lee o escucha música. Nada más. Así durante todos los días del año.

En el otro extremo estarían Hemingway, quien nunca escribía más de quinientas palabras diarias y James Joyce, que reconocía como un logro escribrir tres buenas frases en solo una jornada, lo que explica en gran medida el porqué de las 20.000h que tardo en escribir su Ulises. T.S. Eliot nunca pudo escribir durante más de dos horas, pues aseguraba que a la tercera todas sus habilidades se desvanecían.

Para Arthur Miller, el tiempo daba un poco igual. Tras estar toda la mañana trabajando en su estudio, solía romper todo lo que había escrito por no considerarlo adecuado. Lo que se salvaba, era lo que publicaba. ¡No debía de faltarle tiempo!


Y Marguerite Duras necesitaba sentirse como en un bar, pero en silencio. Así que llevó hasta su estudio algunas botellas de whisky (sin especificar si las daba uso o no). Pero no es lo más raro, puesto que Lord Byron tenía que escribir con trufas, Hemingway con una pata de conejo en el bolsillo o Pablo Neruda siempre con tinta verde.


Aunque por su temprana muerte son pocos los relatos conocidos de Cyril M. Kornbluth (ni tan siquiera hay una imagen suya en Internet fiable) si ha quedado en la historia su particular manera de aprender a escribir. Tomó la decisión de leerse un diccionario de forma completa, como método de aprendizaje de la lengua, como si de un libro cualquiera se tratase. En sus relatos siempre incluía, aunque fuerza forzosamente, palabras que había encontrado durante su lectura. No estoy completamente seguro de que sea un método óptimo para aprender, pero si lo logró, ¡un aplauso para el señor Kornbluth!

Respecto a algunos datos fuera del proceso de escritura o llegada a esta ella, podemos encontrar a Thomas Mann, quien convocaba una tertulia todas las tardes con su familia para debatir lo que había escrito por la mañana, sin excepción. Henry Miller, por su parte, no buscaba la comodidad de un estudio, una cafetería o bajo un árbol (como Jean Jacques Rousseu), sino que buscaba siempre los lugares más incómodos. No era por error o pura casualidad: lo hacía adrede, ya que aseguraba que la incomodidad es lo que hace nacer la imaginación.


El 8 de Enero de 1981, Isabel Allende se enteró que su abuelo, quién había sido una figura de auténtica adoración para ella, estaba a punto de fallecer. La carta que escribió para él aquel día fue el inicio de su novela más vendida, “La casa de los espíritus”, que le llevaría a la fama internacional.

Aunque han sido muchos los escritores que han acabado sufriendo graves enfermedades mentales (Como Edgar Allan Poe, Hemingway o Mark Twain) el caso de Nietzsche probablemente sea el más llamativo. Enfermo mental durante toda su vida, durante sus últimos años de vida la enfermedad empeoró mucho. Tras desvanecerse en medio de la calle un día, la degeneración tocó techo. Comenzó a enviar cartas a sus amigos, ilógicas y delirantes, que dejaban ver un claro problema psiquiátrico. Acabó en una clínica mental, donde los médicos de la época le diagnosticaron sífilis avanzada, que ya afectaba al cerebro muy gravemente; aunque existen sospechas de que se tratara realmente de un trastorno bipolar.

¿Cómo quieres compartir este susurro?Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someonePrint this page

Deja un comentario