Sé el peor escritor que puedas ser: Amanda McKittrick Ros

Es muy común en el mundo de la literatura la presencia de grandes éxitos. En muy contadas ocasiones, estos grandes éxitos son además grandes obras literarias. Muchas veces, se pregunta más bien de qué forma ha llegado a ser el más vendido o una obra de culto semejante bodrio como ese (hablando de calidad literaria, no de gustos personales),como el reciente Cincuenta sombras de Grey, gran éxito entre el público pero calificado de algo más que paupérrimo en calidad literaria por todos los críticos.

Probablemente, su autora sufriera de la misma carencia de la autora de la entrada de hoy, Amanda McKittrick Ros, una autora de principios del siglo XX que poseía una fama casi tan mala como la del mismo diablo: solía tener éxito, en efecto, pero si lo tenía es porque la gente buscaba saber si en verdad eran tan malos sus libros como los pintaban.

Aunque sus novelas eran horripilantes (y no porque fueran de terror) esta escritora de estilo barroco (a finales del siglo XIX seguro que era el estilo más indicado) publicó su primera novela de manos de su marido, un alcalde que, como décimo aniversario de boda, pagó la edición de una de sus novelas, Irene Iddesleigh. La novela no era más que la clásica obra romántica del Renacimiento y Barroco, donde hay enredos amorosos y finales trágicos, sin más. Pero, sin duda alguna, lo que más destacaba de la novela era lo horriblemente mal escrita que estaba: diálogos enrevesados en inglés antiguo, frases carentes de sentido, trama sin estructura lógica. ¿Que si era tan malo? El editor así lo consideró, ya que abandonó los intentos de corregir la obra y la publicó tal y como se la había dado. En la librería en la que se comenzó a vender el encargado, tras leer un fragmento, le ofreció enseñarle algo de sintaxis para la próxima.

Una de las críticas sobre su novela vino del escritor Aldous Huxley, que consideraba su novela una gran obra de arte… porque él no podría contar una historia de peor forma aunque se lo planteara. Afirmó que la autora parecía una escritora del siglo XV, que obviamente no podía conocer la lengua y que su prosa era particularmente desagradable.

Otros críticos apuntaron a la fobia que esta autora debía de tener a llamar a las cosas por su nombre. Los ojos, en sus novelas, se convertían en globos de luz, cuando estaban tristes, se volvían bolas de pena; lo pantalones eran la indumentaria inferior necesaria. No usaba adjetivos, solo daba vueltas y vueltas con eufemismos de forma que su novela era incomprensible. De hecho, en las fuentes que permiten este artículo (en inglés) aparecen numerosos ejemplos de este hecho; todos ellos tan enrevesados, complejos y arcaicos que me ha sido imposible traducir uno solo.

Dentro del Protecto Gutenberg se decidió en 2010 convertir uno de los libros físicos de Amanda a formato digital para su descarga gratuita. Podréis encontrarlo en la página del Proyecto en inglés… o en lo que ella creía que era inglés.

La prosa de McKittrick Ros no era mala. Directamente, era tan espantosa, que se salía de las ideas de la literatura. Muchos críticos apuntaron a que McKittrick, en su intento de ser como los grandes escritores del pasado, había creado un estilo horrible que la hacía parecer idiota.

Su siguiente libro, Trapped in the Closet fue un éxito. No porque Amanda mejorara, sino que fue calificado de ser tan ridículo, que todo el mundo quería ver si tan mala fama era cierta. Efectivamente, así era. Se convirtió en un auténtico fenómeno viral.

Como curiosidad, antes de publicarlo, Amanda mandó una copia a sus amigos, quien consideraron que el libro era una broma. Cuando supieron que era de verdad, no se lo podían creer, pues ella aseguraba que era un libro «titánico, grandioso, inspirador» que hacía a sus lectores «estallar en lágrimas«. Estallar, lo que se dice estallar, estallaban, eso sí, de risa.

Sorprendentemente, Amanda consideraba las buenas ventas de su libro como un signo de admiración hacia sus obras. Estaba tan convencida que sus libros iban a ser clásicos como los que admiraba (Defoe, Eliot, Dickens) que adquiría una actitud sumamente arrogante al que aguantaba la risa y se acercaba a comentarle que sus libros eran un bodrio. A pesar de que la leían por lo mala que era, se convirtió en algo parecido a un hazmereír público, aunque ella se consideraba una genio incomprendida. Su arrogancia llegaba a tales niveles que ella en realidad se llamaba Anna, pero como lo consideraba nombre de pobre, se puso Amanda, nombre de la protagonista de su novela romántica favorita.

Su ridículo alcanzó tales dimensiones que, tras su muerte en 1939, siguió siendo una leyenda de lo cutre entre los escritores. The Inklings (Grupo de escritores formado por J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis entre otros) convocaban concursos de lectura, donde ganaba la persona que lograba aguantar más leyendo en alto las novelas de McKittrick Ros sin tener que parar porque se estaba desternillando de la risa. Del mismo modo se puso de moda hacer quedadas por Londres en las cuales los asistentes tenían que ir disfrazados de personajes de sus novelas y tratar de imitar cómo hablaban, algo desternillante y completamente imposible.

En conclusión, si no puedes ser muy bueno, toca ser muy malo. Pero no muy malo de carente de talento, sino tan malo que la simple lectura de cualquier cosa que hagas haga a los demás retorcerse de dolor. Entonces, llegará el fenómeno McKittrick Ros.

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